miércoles, 13 de julio de 2011

La más amada...

Hoy cumplió años de muerta. Cerró los ojos un día como hoy pero de 1954, aunque siguió viviendo intensamente en el imaginario colectivo mundial. Ella no está enterada de toda esta explosión amorosa y apasionada que le brindamos millones de admiradores. Adoramos todo en ella; sus cejas pegadas, sus hermosas trenzas, sus huipiles, sus rebozos, su Casa Azul en Coyoacán, sus amores, sus perros, sus changos, su jardín, sus platillos, sus amigos, sus amigas, su talento, su descaro, su dolor, su diario, su ingenio, su filiación política, sus adicciones, sus relaciones prohibidas, su cama, su foto de Mao, sus enaguas, sus collares, sus aretes, sus anillos, sus prótesis, sus jeringas, sus estancias en el hospital, sus cartas, sus versos, su sufrimiento, sus jarros, sus flores de papel, sus muebles de colores, su colcha de ganchillo, su espejo, sus rencores, su corsé de yeso, su manera de verse, su minuciosidad, su silla de ruedas, su caballete de madera, su paleta, sus pinceles, su estudio, sus piquetitos, su Dimas, su columna rota, sus alas para volar, su pata cortada, sus gritos, sus carcajadas, su amistad con Trosky, su hermana Cristina, su padre fotógrafo, su madre Matilde, sus trajes de hombre, su presencia en los murales, sus estancias en Estados Unidos, su novio Alejandro, sus Cachuchas, sus alumnos, su barrio, su tranvía, su accidente, su desesperación, su "y no volver jamás"... pero nunca se fue. Se quedó aquí, entre nosotros.

Hace unos años, cuando se cumplían cincuenta de su partida, abrieron en la Casa Azul un cuarto que estuvo cerrado desde ese día. Parece ser que su esposo pidió que se mantuviera cerrado cinco o diez años. Pero por algún motivo se abrió hasta ahora. Dice alguien que estuvo presente, que Notario Público de por medio las puertas cedieron después de tantos años. Olía a medicinas, a naftalina, aquellas bolitas blancas que ya no se usan, a viejo, a encerrado. Era un baño. Dentro de la tina estaba la pata postiza y, creo, un par de corsés. También estaban las charolas con las jeringas y medicinas que se usaron? aquella noche. Todo recopilado rápidamente y guardado celosamente en el olvido. Había también un pequeño ropero con su ropa. Cajas con cartas y documentos. Cuentan que era como profanar una tumba. Cada objeto, por mínimo que fuera, adquirió la categoría de reliquia. Seguramente el esposo, aquel día, en cuanto le avisaron llegó corriendo y más tarde guardo todo a la carrera, sin orden ni concierto. Y le echó llave como si así se pudieran encerrar las penas, echándoles llave, como si la llave pudiera más que los recuerdos.

Qué pensara ella de todo esto? ella que se pasea con sus alas porque no tiene pies, no los quería, no los necesitaba, tenía alas desde siempre. Mirará mis aretes con su retrato pintado en una corcholata? O la muñeca que tengo con sus cejas? O allá dónde vuela, vestida con sus largas enaguas que impiden ver que no tiene pies no hay un telescopio?, mi cajita de cerillos con su efigie brillante, mis tarjetas postales con su cara, mis N mil libros sobre su vida, las colas para entrar a su casa tan azul, mis fotos en su jardín,  las visitas que he llevado y que salen arrebatadas, como si regresaran de los santos lugares...

Por ahí leí que cuando se pregunta, en todo el mundo, el nombre de una pintora famosa, el que mas se menciona es el de ella.

A mi me hubiera vuelto loca mirarla, verla venir de lejos, como una aparición.  Topármela por las calles de la Merced mientras buscaba listones para su pelo y yo papel picado en La Zamorana.

Hubiera estado chido...